Cuando oí el trueno, rápidamente me di la vuelta y la ví, aturdida, sentándose mientras dos hombres la sujetaban por los hombros. Me miró incrédula, perdida, pero extrañamente consciente de su situación. Después echó hacia atrás su melena negra, tumbándose en el pavimento, y se me quedó mirando mientras la rodeaba desde sus piernas hasta su cabeza.
Sus ojos se quedaron fijos en mí, como pidiendo ayuda, gritando sin palabras que no la dejase allí tirada, en el suelo, pero con una firmeza que me pareció testaruda. Mientras me acercaba me llamó la atención una mancha oscura y viscosa que manaba abundantemente debajo de ella. Ella me siguió mirando unos segundos más, como reprochándome el estar ahí parado, sin poder reaccionar, atenazado por el pánico. Pero también me decían sus ojos: “Me estoy muriendo, y hace tan sólo unos segundos era una mujer con todo un futuro por delante. Todo esto me ha cogido desprevenida, y yo ni siquiera participaba en la algarada, simplemente venía a visitar a unos parientes. Sólo tengo 26 años. ¿Por qué?”.
Un hombre joven la llamaba por su nombre, llorando. Mientras, otro le intentaba parar la hemorragia que bullía a borbotones de su pecho, boca y nariz. El alboroto continuaba. Había gente corriendo, algunos con sangre en la cabeza, en las manos, pero todos con el miedo dibujado en sus rostros. Muchos ni siquiera se fijaron en ella. Y yo seguía allí, como si no formara parte de la escena.
Durante un instante, mantuvo su mirada clavada en mí, despidiéndose, sabiendo que yo era la última imagen que permanecería en su retina muerta, como pidiendo perdón por ser un daño colateral más en una más de las guerras libradas entre el fanatismo y el ansia de libertad.
Después, sus ojos se apagaron, con los párpados aún abiertos, acusando a quienes le habían arrebatado su futuro, su tranquila vida, su merecida parcela de libertad después tanto sufrimiento desde niña, en la que por fin había podido decidir si llevar o no velo, si ponerse o no vaqueros, si ser o no mujer en el infierno.
Se llamaba Neda Salehi Agha Soltan. Su nombre significa “voz” en farsi. Murió hace unos días en Teherán, víctima de la barbarie y el fanatismo. Sólo era un daño colateral, pero su nombre es ahora símbolo de Libertad para muchos iraníes.
In memoriam.